Sobre la muerte, la pérdida y la trascendencia

Uno de los grandes temas para la conciencia humana es el problema de la finitud. Es decir, se muere, se acaba, se termina, desaparece, se va hacia la nada. Dirás que todos sabemos que morimos. Es verdad, todos lo sabemos, pero no actuamos como si lo supiéramos, más bien actuamos como si lo ignoráramos.

Al parecer, creyentes o no, se vive como si la muerte no fuera a ocurrir. Se aparta la mirada de la finitud. La muerte nos pone en presencia de una suerte de contradicción fundamental que provoca sufrimiento, a lo cual se ha respondido mirando hacia otro lado. Es decir, frente al dolor ocasionado por esta contradicción, lo hemos anestesiado y vivimos como si ese hecho no fuera a pasar.

El hecho de que la partida de un ser querido no sea complicada va a depender de varios factores, pero el más importante es el estado de reconciliación en que esté la relación al momento de la partida del ser querido; que no haya temas pendientes, rabias, enojos guardados, que haya un nivel de desapego y generosidad logrado con madurez emocional y desarrollo espiritual. Todo esto no solo ayuda en el momento de la muerte, sinó que hace más sanas las relaciones con los demás.

El duelo es un proceso activo (no un estado) de adaptación ante la pérdida de un ser amado, o de una relación, o de nuestra juventud. En general, a lo largo de nuestras vidas vivimos varios procesos de duelo, porque estamos en constante cambio. Se habla de elaborar un duelo. Es una tarea a emprender, una tarea activa que implica cambios, no exenta de ansiedad y temor, pero también con posibilidades, nuevas formas y estilos. A cada pérdida corresponde un logro y un nuevo aprendizaje interior.

Las personas viven el duelo como pueden, de acuerdo con los recursos con que cuentan; sin embargo, el solo hecho de comprender que este es un proceso, ayuda de manera extraordinaria a aceptar los sentimientos que surgen en cada etapa.

 

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